Córdoba-8-04-2013
Después de haberos hecho la invitación y buscando vuestra complicidad, he recibido esta colaboración para el blog en forma de relato. Es un amigo de la infancia.
Juan Luis dice que su profesión (de los últimos 5 años), es la de comercial, aunque le gusta que le llamen “viajante”. Aquí nos cuenta como él veía (cuando era un niño) lo de ser “viajante” y el porqué.
Si, “viajante” como aquellos que venían al pueblo cargado de maletas. Unas maletas grandes y enormes (o así me parecían). En ellas podía caber cualquier cosa, desde madejas de lana o navajas, hasta almanaques de vírgenes o alpargatas, ó un arado del tiempo de los romanos-por decir algo-, allí cabía todo. Todo lo que se vendía en el pueblo pasaba por aquellas maletas.
A mí me parecía que todos los viajantes paraban en la “Fonda El Toro” que era la que yo conocía. Entre el dueño, que era para los niños una especie de ogro, y El “Toro”, que estaba en el zaguán, nos daba algo entre el repelús y el miedo. Y, tanto el dueño como aquel toro tan enorme que guardaba en su vientre un escritorio, se quedó en nuestra memoria para siempre. Los que vivíamos en aquella calle (o en aquella zona) teníamos una historia imaginaria de esta “Fonda” y de su dueño, y cuando pasábamos por aquella casa, mirábamos, si no veíamos a nadie, íbamos de puntillas con el impulso de llegar hasta donde estaba el timbre o el aldabón de la segunda puerta (la primera era la de la calle). Cruzábamos el zaguán, donde estaba aquel toro tan tremendo, llamábamos, y salíamos corriendo pensando que alguien nos perseguía.
Sigo con los “Viajantes” que era lo mío. Estos personajes se distinguían de los demás, y para mí eran inconfundibles. De lejos podía decir: ese es “Viajante”. Los conocía en cuanto los veía. Nada más daban la vuelta a la esquina de Simón “El Herrador”, sabía si venían a la Fonda “El Toro”, y sabía, si eran o no, “viajantes”. Unos metros detrás los seguía el “Niño Pito” con las maletas. Pero antes de que apareciera el “Niño Pito”, yo ya le había sacado la “pinta”. De observarlos cientos y cientos de veces (más que observar, los espiaba), sabia quienes eran, cuando llegaban, cuando salían, donde iban, y cuando volvían a la Fonda. Aquello era para mí “el mundo”
A todos estos hombres, que antes se les llamaba “Viajantes” (y ahora comerciales), les tenía una envidia enorme, y todos me caían simpáticos.
En nuestro pueblo, la llegada de un viajante, era un acontecimiento que marcaba la diferencia. Y de la atonía en la que se vivía, se pasaba a la curiosidad, y en parte, a la admiración (como era mi caso). Notábamos la diferencia en el vestir (todos llevaban corbata cuando nadie allí la llevaba), y en el trato. Y esta diferencia, los niños-al menos yo-la observábamos casi con entusiasmo, y quizás, no se por qué, con algo de recelo también.
Ahora (más tarde veréis porqué digo esto) en las empresas nos dicen que tenemos que ser agresivos, ir bien vestido y que no falte la corbata (yo digo la “corbatita”). Antes, lo de llevar corbata era consecuencia de la profesión, ahora es el resultado del “marketing.
Lo que decía, antes llevaban esas maletas enormes que los definían nada más llegar, pero no eran las maletas lo que los hacía diferentes a las demás personas del pueblo. Venían de la capital (o eso me parecía a mí). No tenían aire de sabelotodo. Era un aire entre elegantes y hombres de mundo. Algo que en el pueblo siempre echábamos en falta.
Pues bien, yo me hice comercial (“Viajante”) por necesidad. Me quedé en paro y no tenía otra cosa. Me salió esto y lo aproveché. En el fondo me alegré porque yo soñaba de niño con ser “viajante”. Viajar fuera, y ver otros pueblos como el mío, conocer mucha gente que creyeran (o pareciera) que yo era un hombre de mundo. Esta era mi mayor aspiración, ser “Viajante, “ser un hombre de mundo”. En aquel ambiente, ya era mucho. Más tarde me dí cuenta que esto formaba parte de la infancia y de los sueños infantiles. Pero a decir verdad en esta profesión de viajante he sido feliz, o por lo menos he tenido destellos de lo que es la felicidad. Y quisiera saber trasmitírosla para que comprendierais porqué. Aquí os digo:
El 8 de Abril, aunque estábamos en primavera, todavía hacía frío. Eran las 7 de la mañana y yo salía cargado, con mi maleta (viajaba para unos días), con mi portafolios y mi portátil, también me gusta llevar una pequeña camarita de fotos que me regalaron hace tiempo, por si las moscas.
Hace frío en la calle y no llueve (de momento esta es la noticia) después de muchos días lloviendo.
Salgo de Córdoba por el puente de Casillas (Ib-Firnas), sobre el Guadalquivir. El río impresiona.
Sigo mi ruta, y en unos minutos con la claridad de la mañana veo a lo lejos “La Carlota”. Al llegar a su altura siempre me fijo en las dos torres de su iglesia. El sol con sus primeras luces alumbra las espadañas.
Casi sin darme cuenta, estoy ya en Ecija, y, con un giro de casi 360º me encamino hacia Osuna.
Son las 9 de la mañana (las 8 de hace solo una (s) semana-s). Es Sábado, la mañana se presenta clara y sin nubes, y es una delicia hacer kilómetros por estas llanuras de cereal sin apenas coches.
Después de pasar la señal de Lantejuela y nada más subir una pequeña cuesta, se encuentra la Laguna de Calderón. Estaba inmensa. Las últimas lluvias la han convertido en un precioso lago en aquella estepa de cereal. Veo, de lejos, algunos flamencos y otras avecillas acuáticas. ¡Pero de lejos!
Solo he recorrido unos 500 metros, y me encuentro un olivar (de olivos pequeños, todavía) enfangado de agua y algo desolado de aspecto que está, a pocos metros de mí y de la carretera, y, casi sin darme cuenta…., 12 ó 14 preciosos flamencos alimentándose a solo unos metros. Sus plumas ya estaban sonrosadas, su aspecto es bellísimo (solo doblaban el cuello un par de ellos para coger alimento del fango), altos, delgados, elegantes, y tan cerca los tenía que, posiblemente si me hubiera bajado del coche hubieran seguido allí. Fue un regalo maravilloso. Lástima que ni se me ocurrió echarles una foto. Fue todo tan rápido. Lo dejamos pendiente y sigo.
Sigo mi camino. Y estoy llegando a Osuna (foto), Allí, el sol ya despunta definitivamente, iluminando con una luz tenue, la iglesia que nos topamos a la entrada llegando desde Écija.
Paso el Arco de Carlos III, y sigo camino del Saucejo. Poco a poco el paisaje se modifica en la misma salida de Osuna. Montes y olivares como en hermanamiento se dan la mano uno tras otro. Ya, todo el paisaje es así.
Después del Saucejo, Almargen que, como dice su nombre se queda al margen izquierdo o derecho de la carretera, según se vaya o se venga, camino de Ronda. Mientras hago kilómetros, desde que se deja el Saucejo, el paisaje es encantador. Posiblemente haya sitios por donde se puedan acortar algunos kilómetros, pero yo prefiero este camino. Aquí me encuentro a gusto con solo mirar el campo.
En Cañete La Real, si es
temprano (como pasa hoy), la luz, poco a poco, descorre el manto de penumbra; sino, la blancura de las casitas y la inclinación de los tejados, parecen que suben la cuesta y quieren arroparse junto a su castillo (ver foto).
temprano (como pasa hoy), la luz, poco a poco, descorre el manto de penumbra; sino, la blancura de las casitas y la inclinación de los tejados, parecen que suben la cuesta y quieren arroparse junto a su castillo (ver foto).
Ya en Cuevas del Becerro (muy cerca de Ronda), una cascada blanca resbala hasta el riachuelo. Imaginárosla (tampoco aquí saqué la cámara).
Estoy llegando a Ronda y me tengo que olvidar de todo lo que me ha salido al paso. Mentalmente me preparo para la cita concertada. Tengo que vender la estructura de una nave. En ello me va sacar como mínimo, los gastos del viaje.
A la vuelta he sacado unas fotos de la laguna cuando se ponía el sol. Como decía, hay momentos que uno está
rozando la felicidad.
rozando la felicidad.
Un saludo
Juan Luis “El Botas”. Comercial (en la actualidad) que soñó un día con ser “Viajante”
P.D.: Enhorabuena por el Proyecto del Biodiesel, y ¡ADELANTE!
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